Erase una vez en una comunidad no muy lejana… un pequeño niño llamado Nicrolás.
Los padres del pequeño Nicrolás lo querían mucho, mucho,
mucho y lo animaban siempre a que luchase por su futuro. “Cuando crezcas podrás
ser quien tú quieras”, le repetían todas las noches antes de dormir, animándolo
a que luchase por sus sueños. El pequeño Nicrolás creció escuchando aquella
frase, sabedor de que cuando fuese mayor podría ser quien él quisiera.
Y así, finalmente, cuando cumplió 20 años, un día decidió
que quería ser un gran empresario. Pero ¡uff! Eso conllevaba trabajar mucho, y
por supuesto, crear una empresa, así que pensó en un cargo que le diese menos
quebraderos de cabeza, y pensó en ser el hijo del mayor empresario de todos los
empresarios de la comunidad. Pero… ser el hijo implicaba tener que seguir con
la empresa familiar y tener alguna responsabilidad para con ella, y eso era
mucho para él. Así que decidió un cargo un poco menos exigente, por lo que
pensó que era mejor ser algo como… ya está: el sobrino del empresario. No
tendrían tantas responsabilidades y gozaría de los privilegios de tener un tío
tan importante.
Y así fue, hasta que un día aquello ya no le moló y decidió
cambiar de vida. “Quiero algo más interesante”, se dijo, por lo que decidió ser
un espía, eso era algo súper molón. Pero
no quería ser un alto mando, porque entonces tendría mucha responsabilidad, y
tampoco un funcionario más, porque tendría entonces que cumplir con un horario
y seguir las órdenes de los demás, y eso no molaba. Así que decidió ser un
agente externo, seguiría sus propias normas y trabajaría sólo cuando él
quisiera.
Y así, el pequeño Nicrolás (que para aquél entonces ya no
era tan pequeño) vivió mucho, mucho tiempo, hasta que un día se dio cuenta de
que esa vida le aburría. Fue así como decidió volver a cambiar de vida. Esta
vez deseaba no trabajar, pero necesitaba, por supuesto, dinero para su
manutención. Así que se le ocurrió ser el rey de la comunidad, pero no se
imaginaba reinando y viajando de aquí para allá y trabajando tantas horas.
Pensó que quizás ser el hijo del rey sería mejor, pero se dio cuenta de que si
algún día faltaba el rey, le tocaría a él tomar las riendas de la comunidad.
“Un hijo ilegítimo”, pensó. Tendría casi las mismas comodidades y ventajas por
ser un hijo del rey, pero sin las consabidas obligaciones.
Y así, como el hijo ilegítimo del rey de la comunidad, vivió
el resto de sus días.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Moraleja: nunca te detengas ante nada para conseguir tus
sueños. Ahora… si te pinchan el teléfono y ves que te sigue la policía… o te
buscas otro sueño o te consigues un buen abogado.
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