domingo, 4 de enero de 2015

El pequeño Nicrolás

Erase una vez en una comunidad no muy lejana… un pequeño niño llamado Nicrolás.

Los padres del pequeño Nicrolás lo querían mucho, mucho, mucho y lo animaban siempre a que luchase por su futuro. “Cuando crezcas podrás ser quien tú quieras”, le repetían todas las noches antes de dormir, animándolo a que luchase por sus sueños. El pequeño Nicrolás creció escuchando aquella frase, sabedor de que cuando fuese mayor podría ser quien él quisiera.

Y así, finalmente, cuando cumplió 20 años, un día decidió que quería ser un gran empresario. Pero ¡uff! Eso conllevaba trabajar mucho, y por supuesto, crear una empresa, así que pensó en un cargo que le diese menos quebraderos de cabeza, y pensó en ser el hijo del mayor empresario de todos los empresarios de la comunidad. Pero… ser el hijo implicaba tener que seguir con la empresa familiar y tener alguna responsabilidad para con ella, y eso era mucho para él. Así que decidió un cargo un poco menos exigente, por lo que pensó que era mejor ser algo como… ya está: el sobrino del empresario. No tendrían tantas responsabilidades y gozaría de los privilegios de tener un tío tan importante.
Y así fue, hasta que un día aquello ya no le moló y decidió cambiar de vida. “Quiero algo más interesante”, se dijo, por lo que decidió ser un espía, eso era algo súper molón.  Pero no quería ser un alto mando, porque entonces tendría mucha responsabilidad, y tampoco un funcionario más, porque tendría entonces que cumplir con un horario y seguir las órdenes de los demás, y eso no molaba. Así que decidió ser un agente externo, seguiría sus propias normas y trabajaría sólo cuando él quisiera.
Y así, el pequeño Nicrolás (que para aquél entonces ya no era tan pequeño) vivió mucho, mucho tiempo, hasta que un día se dio cuenta de que esa vida le aburría. Fue así como decidió volver a cambiar de vida. Esta vez deseaba no trabajar, pero necesitaba, por supuesto, dinero para su manutención. Así que se le ocurrió ser el rey de la comunidad, pero no se imaginaba reinando y viajando de aquí para allá y trabajando tantas horas. Pensó que quizás ser el hijo del rey sería mejor, pero se dio cuenta de que si algún día faltaba el rey, le tocaría a él tomar las riendas de la comunidad. “Un hijo ilegítimo”, pensó. Tendría casi las mismas comodidades y ventajas por ser un hijo del rey, pero sin las consabidas obligaciones.
Y así, como el hijo ilegítimo del rey de la comunidad, vivió el resto de sus días.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Moraleja: nunca te detengas ante nada para conseguir tus sueños. Ahora… si te pinchan el teléfono y ves que te sigue la policía… o te buscas otro sueño o te consigues un buen abogado.

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